miércoles, 4 de marzo de 2015

"La historia más corta jamás vivida"

Él creía que amar debía ser como un terremoto, un vuelco del corazón, un suspiro rápido. Ella hacía mucho que no suspiraba, y lo deseaba por encima de todo. Así que buscando entre sensaciones guardadas en cajones que hacía mucho que no removían, decidieron a la par que al día siguiente se enamorarían. 
Un domingo parecía ser la mejor idea. Se enamorarían un domingo en el que el amor pasaría desde el saludo en un beso largo, por una pizza pedida a domicilio que acompañaría a una película, que acabase siendo interrumpida por caricias que desembocarian en besos en el cuello, en manos bajo la camiseta, en ropa que cae lentamente y finalmente, en hacer el amor olvidando el tiempo. Dormir abrazados abatidos tras el sexo, y una ducha romántica donde se enjabonan el uno al otro y se dan besos bajo el agua caliente diciéndose lo mucho que se aman. A la noche ella con su camisa por casa, juntos cocinan de cenar, se manchan el uno al otro, hacen de la cocina un juego en el que cada fallo y cada premio es un beso, donde todo es una excusa para sonreír. Cenar saboreando lo que quizás no esté tan bueno, bromear, hacer planes de futuro de mejorar la casa, y dar un paseo nocturno al lado de la playa, hacer carreras en la arena mientras la ciudad duerme. Beber en un pub juntos y cantar canciones con borrachos que jamás habían visto y que por una vez se convierten en sus mejores amigos. Olvidar lo que pasa desde cierto momento de la noche hasta la mañana en la que él se levanta sin ella, o ella sin él en su cama. Y entonces cada uno suspira. Es lunes, un nuevo día.


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