Él creía que amar debía ser como un
terremoto, un vuelco del corazón, un suspiro rápido. Ella hacía
mucho que no suspiraba, y lo deseaba por encima de todo. Así que
buscando entre sensaciones guardadas en cajones que hacía mucho que no removían, decidieron a la par que al día siguiente se
enamorarían.
Un domingo parecía ser la mejor idea.
Se enamorarían un domingo en el que el amor pasaría desde el saludo
en un beso largo, por una pizza pedida a domicilio que acompañaría
a una película, que acabase siendo interrumpida por caricias que
desembocarian en besos en el cuello, en manos bajo la camiseta, en
ropa que cae lentamente y finalmente, en hacer el amor olvidando el
tiempo. Dormir abrazados abatidos tras el sexo, y una ducha romántica
donde se enjabonan el uno al otro y se dan besos bajo el agua
caliente diciéndose lo mucho que se aman. A la noche ella con su
camisa por casa, juntos cocinan de cenar, se manchan el uno al otro,
hacen de la cocina un juego en el que cada fallo y cada premio es un
beso, donde todo es una excusa para sonreír. Cenar saboreando lo que
quizás no esté tan bueno, bromear, hacer planes de futuro de
mejorar la casa, y dar un paseo nocturno al lado de la playa, hacer
carreras en la arena mientras la ciudad duerme. Beber en un pub
juntos y cantar canciones con borrachos que jamás habían visto y
que por una vez se convierten en sus mejores amigos. Olvidar lo que
pasa desde cierto momento de la noche hasta la mañana en la que él
se levanta sin ella, o ella sin él en su cama. Y entonces cada uno
suspira. Es lunes, un nuevo día.

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